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Macron gana las elecciones presidenciales en Francia

Lunes 8 de mayo 2017/ El País.es.-

Y Francia dijo no. La victoria en las elecciones presidenciales de Emmanuel Macron, un exbanquero europeísta y liberal, frena la ola de descontento populista que triunfó en noviembre en las presidenciales de Estados Unidos y, antes, en el referéndum europeo de Reino Unido. Al frente del nuevo movimiento En Marche!, derrotó con rotundidad a Marine Le Pen, alineada con el presidente estadounidense Donald Trump y el ruso Vladímir Putin. Macron, que a los 39 años será el presidente más joven de la V República, conectó con las ansias de aire fresco y renovación moderada de millones de franceses, y se benefició del amplio rechazo que suscita el partido de su rival, el Frente Nacional. Macronconsiguió un 66,06% de votos, frente a un 33,94% de Le Pen, con el 100% de las papeletas escrutadas. Después del Brexit y de Trump, no habrá Le Pen.

Nunca en la V República, con la excepción de Jacques Chirac en 2002, un presidente habrá llegado al poder con una victoria tan clara. Chirac derrotó al padre de Marine Le Pen, Jean-Marie, con un 82% de votos. El nivel de abstención también se acerca a niveles récord, un 24,89%, la más elevada desde 1969.

La historia nunca se mueve en línea recta, ni sirven los relatos que todo lo abarcan, como demuestra la elección francesa de 2017. En el año del populismo y el nacionalismo, en unas sociedades marcadas por el hartazgo con las élites, en un momento de escepticismo con el capitalismo de libre mercado y el orden liberal internacional, de crisis de la integración europea y de miedo a los inmigrantes y refugiados, Francia emprende otro camino.

Si hace unos meses, en el mundo convulsionado por la irrupción de Trump y la salida de Reino Unido de UE, alguien hubiese pronosticado que los franceses elegirían un presidente europeísta y liberal, defensor de la globalización y partidario de la apertura de las fronteras a las personas y a las mercancías, habría pasado por un desinformado, o un incauto.

Si, además, este candidato hubiese sido banquero de inversiones —solo nueve años después de la caída del banco de inversiones Lehman Brothers, detonante de la Gran Recesión— y ministro de Economía del presidente más impopular de la V República, cualquier consultor electoral le habría aconsejado que se olvidase inmediatamente de aspirar a la presidencia.

Emmanuel Jean-Michel Frédéric Macron (Amiens, 1977), sin renunciar a ninguna de estas ideas ni esconder su biografía, desafió todas las advertencias y se convertirá en el octavo presidente de la V República. La ceremonia de traspaso de poderes con el socialista François Hollande se celebrará esta misma semana y en los próximos días nombrará a un primer ministro. Nadie le esperaba, pocos creían en él cuando hace un año lanzó En Marche!, siendo aún ministro independiente de Hollande.

"Defenderé Francia, sus intereses vitales, su imagen", dijo Macron en un discurso solemne. "Defenderé Europa: es nuestra civilización lo que está en juego, nuestra manera de ser libres. Me esforzaré para rehacer los vínculos entre Europa y sus ciudadanos. Envío a las naciones del mundo un saludo de la Francia fraternal".

Le Pen, tras felicitar al vencedor, anunció la transformación del Frente Nacional en un nuevo movimiento que defenderá lo que ella llama los "soberanistas" frente a los "mundialistas".

Una mezcla de suerte y audacia explica su éxito. Tuvo la suerte de ver cómo los principales aspirantes para la presidencia iban cayendo uno a uno en las elecciones primarias (Nicolas Sarkozy y Manuel Valls), bajo el peso de los escándalos (François Fillon) o por la decisión de no presentarse (François Hollande). Y supo aprovecharla al ocupar el preciado centro político para apelar a los “dos de cada tres franceses” de los que hablaba Valéry Giscard D’Estaing en un libro de 1984: el espectro que va del centroizquierda al centroderecha, la masa crítica necesaria para emprender las siempre aplazadas reformas.

La audacia de Macron consistió en entender que, en el año del descontento con el statu quo, había espacio para un hombre como él. Criado en y por el statu quo autóctono—el producto mejor acabado de la meritocracia francesa—, rompió con el statu quo. Por su juventud, casi revolucionaria para la clase política de este país. Y por su visión al emanciparse de los partidos tradicionales en el momento en que estos estaban a punto de implosionar. El nuevo presidente ha sabido captar el humor de una parte de la sociedad francesa, harta de la vieja política y las viejas estructuras y al mismo tiempo esperanzada y optimista. Es la Francia más cosmopolita y educada, la de los ingresos más elevados y las metrópolis globalizadas, pero también de la cornisa atlántica, en parte rural, la que menos ha sufrido los embates del capitalismo transnacional.

Una parte del voto a Macron es un voto de adhesión; una parte aún mayor lo constituyen ciudadanos de derechas e izquierdas que ante todo querían frenar al Frente Nacional de Le Pen. Son votantes prestados, que no regalarán nada al presidente en los próximos meses y que en algunos aspectos —la economía, o Europa— se oponen a sus ideas.

El sistema de elecciones con dos vueltas es una diferencia clave de Francia respecto a otros países sometidos a la sacudida populista. En Francia, aunque la opción extremista se clasifique, como ocurrió en la primera vuelta del 23 de abril, en la segunda vuelta se forman mayorías que impiden su acceso al poder. Esta es la maldición del FN y Le Pen, que, pese a los avances, siguen cargando con el estigma de la ultraderecha de raíz racista, antisemita y colaboracionista. La derrota en el momento más dulce para sus ideas —excepcionalmente un candidato estaba en sintonía con Moscú y Washington, y era Marine Le Pen— abrirá una reflexión y puede hacer tambalear su liderazgo. Cuenta sin embargo con el aval de millones de votantes y la aspiración de transformarse en el primer partido de la oposición. Y la alta abstención, comparada con otras elecciones, y un resultado que dobla el de su padre, Jean-Marie, en 2002, son una señal: el frente anti-Le Pen muestra signos de debilidad.

El peligro para Macron es la fuerte contestación que encontrará a izquierda y derecha, los sempiternos bloqueos con los que cualquier presidente reformista —y casi todos llegan prometiendo, por fin, la reforma— se estrellan a los pocos meses de instalarse en el Elíseo. Antes deberá nombrar al primer ministro —las quinielas señalan desde al veterano barón centrista François Bayrou hasta una mujer procedente de la sociedad civil— y obtener una mayoría parlamentaria en las elecciones legislativas de junio.

La victoria de Macron por ahora significa más por lo que evita —el ascenso al poder de un partido extremista que quería sacar a Francia de la UE y del euro— que por sus propuestas en sí. La potencia simbólica del resultado —un hombre joven, al que ya se ha comparado con el canadiense Justin Trudeau y al que se comparará con John Kennedy en el mundo de los Trump, Putin y el Brexit— desborda los detalles programáticos de En Marche!.

Francia, pese a su menguante peso internacional y sus inseguridades existenciales, tiene en común con EE UU su vocación universal, la creencia de que la ‘idea francesa’ —los ideales de la Revolución, los derechos humanos— trasciende sus fronteras. El general De Gaulle hablaba en 1945 de “estos momentos de la historia en los que en el suelo de Francia se decidía la suerte de Europa y, a través de ella, incluso del mundo”. La elección de Emmanuel Macron es un mensaje global.

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Elecciones en Francia 2017: Fortaleza o memoria: el dilema de Francia

Jueves 4 de mayo 2017/ RTVE.-

Banalización, asimilación, normalización del Frente Nacional. Como si de una fatalidad se tratara, dicen los analistas, la extrema derecha ha logrado colarse en el juego político con su programa antieuropeo, antiinmigración, antiglobalización. Marine le Pen debate en televisión con Emmanuel Macron; una primicia que, quince años atrás, Chirac no quiso conceder, negándose a legitimar a un partido vinculado al colaboracionismo nazi, ha recordado la alcaldesa de París, Anne Hidalgo.

Pero la realidad es que la progresión del Frente Nacional, lejos de ser accidental, se asienta en razones socioeconómicas, fruto de numerosos errores y abandonos por parte de los gobiernos de derecha e izquierda. El techo electoral de Marine le Pen, aún por determinar, se nutre de millones de jóvenes, parados o familias que dependen de la agricultura y que han perdido, en los últimos años, horizonte y poder adquisitivo. Es ahí donde cuaja su mensaje proteccionista y la idea de priorizar lo francés y a los franceses. Si se suma la inquietud, más que justificada, ante el terrorismo yihadista, presente y activo, las arengas a favor del cierre de fronteras, las expulsiones y la aceptación de inmigrantes con cuentagotas encuentran acomodo.

Es innegable el éxito de la candidata, dicen que atribuible también a su número dos, Florian Philipot. Combinando experiencia y tacticismo, ha sabido separarse a tiempo de su padre (y su argumentario negacionista), construyéndose una imagen de mujer empática y pegada al pueblo, hasta el punto de expandir simpatías a derecha e izquierda y seducir en territorio desconocido.

El último acto, ya en segunda vuelta, le ha supuesto un tropiezo. Dejó temporalmente la presidencia del Frente Nacional y se desmarcó del partido: "No soy la Candidata del Frente Nacional, estoy apoyada por él". Pero sufrió un contratiempo nada menor: su presidente sustituto, en principio en labores irrelevantes, tuvo que ser rápidamente reemplazado al salir a la luz unas incómodas declaraciones negacionistas que realizó años atrás y que han amenazado con arruinar la estrategia punto cero, bastante lograda hasta ese momento. Tampoco ha sido fácil digerir el plagio en toda regla a un discurso de Fillon, que ha hecho el tour de las perplejidades, en pocos minutos. Hubo variopintas justificaciones, antes de admitir la verdad del copia-pega.

Una segunda vuelta a cara de perro

Pero Emmanuel Macron también arrastra debilidades. La juventud, que tanto supone de empuje o audacia, lleva inherente una inquietante dosis de inexperiencia para un presidente de la República. Más claro su programa en la segunda vuelta que en la primera, comenzó pillado a contrapié por Le Pen, que cosechó selfies y aplausos en una fábrica amenazada de cierre, donde él logró explicarse ante los trabajadores a duras penas. A partir de ahí, se acabó la cortesía. Los sondeos arreciaban para el candidato socioliberal que, aunque en cabeza, perdió, en ocho días, cinco puntos. Y terminó tirando de hemeroteca con toda su crudeza, multiplicando actos con franceses de la Resistencia durante la ocupación nazi. Ahí no era probable que Le Pen apareciera por sorpresa.

Una campaña a cara de perro, con los dos grandes, el Partido Socialista y Los Republicanos, fuera de la segunda vuelta, como impotentes espectadores de un espectáculo que es fruto, también, de sus errores. Aunque centrados en las elecciones legislativas, tienen a mano la serena oportunidad de buscar porqués a sus derrotas y de analizar cómo ha podido culminar con éxito eso que llaman "desdiabolización" del Frente Nacional.

Aunque ahora su prioridad es coser parches en las velas de un frente republicano en horas bajas, que no termina de alarmar lo suficiente como para sumar votos a Macron, con o sin pinza en la nariz. Que parte de la derecha, con Nicolas Dupont-Aignan a la cabeza, se fusione con el Frente Nacional y que dos tercios de los consultados por la Francia Insumisa de Mélenchon se resistan a votar al candidato socioliberal abren suficientes vías de agua como para imaginar que, si no este domingo, dentro de cinco años el Frente Nacional puede gobernar en Francia. Falta poco para un voto histórico y las sutilezas se han convertido en dardos. Hay en el Frente Republicano quien sitúa cerca del colaboracionismo a los defensores del voto en blanco y la abstención, mientras éstos les recriminan su parte de responsabilidad en el estado de las cosas.

Conviene reconocer en cualquier caso que, si se considera al Frente Nacional un partido más, comparando asépticamente su programa con cualquier otro, y si se impone el eslogan "Ni patria ni patrón, ni Le Pen ni Macron", es que la extrema derecha ha dejado de dar miedo a buena parte de los franceses. Que quizá se sientan tan fuertes como para concederle el beneficio de la duda. O se han cansado de la sombría evocación de una memoria que, en cualquier caso, se reivindicará 24 horas después del voto. El 8 de mayo, al nuevo presidente, sea quien sea, le tocará celebrar la rendición de Hitler, hace 72 años.

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Macron se enfrenta a Le Pen como favorito en la segunda vuelta

Lunes 24 de abril 2017/ El País.es.

La elección será diáfana, sin riesgo de confusión ni puntos de conexión entre los aspirantes, dos propuestas antagónicas para el futuro de Francia y de Europa. Emmanuel Macron, del nuevo partido En Marcha!, es el más votado en la primera vuelta de las elecciones francesas del 23 de abril. Le sigue Marine Le Pen, candidata del Frente Nacional. Ambos se enfrentarán en la segunda vuelta, el 7 de mayo. El próximo presidente será o bien un exbanquero con escasa experiencia y un mensaje europeísta y liberal, o la heredera de la ultraderecha, partidaria de salir de la Unión Europea. Macron parte como claro favorito para la segunda vuelta, según los sondeos, y ha recibido el apoyo de sus rivales socialista y conservador. El izquierdista Jean-Luc Mélenchon eludió pronunciarse.

La clasificación de Macron, de 39 años, y Le Pen, de 48 años, en la primera vuelta de las elecciones deja fuera a las dos grandes familias políticas francesas —la socialista y la gaullista— por primera vez desde que se fundó la V República en 1958. Pone cara a cara a dos candidatos que reniegan de la etiqueta izquierda y derecha y aspiran a ser transversales. Aunque Le Pen esté genética y filosóficamente adscrita a la tradición de la derecha extrema autóctona. Y aunque sea indisimulable la filiación de Macron —criado políticamente en el Elíseo del presidente saliente François Hollande— con el centroizquierda socialista, una especie tercera vía a la francesa.

En los minutos posteriores al anuncio de los resultados, Macron recibió una catarata de apoyos en vistas a la segunda vuelta, procedentes de la izquierda pero también, significativamente, de Los Republicanos del conservador François Fillon, el gran derrotado de la noche. El propio Fillon, los exprimeros ministros Alain Juppé y Jean-Pierre Raffarin, o barones regionales de la derecha como Christian Estrosi declararon que votarían a Macron, adversario hasta esta misma noche, para frenar a Le Pen. La movilización en favor del candidato de En Marcha! hace presagiar la formación de un frente republicano —una amplia coalición de izquierdas, centro y derecha contra la extrema derecha— para evitar la victoria del Frente Nacional.

 

La final Le Pen-Macron abre la incógnita sobre qué mayoría parlamentaria dispondrá el próximo presidente. Gane quien gane, no está claro que sus partidos tengan la suficiente tracción para conseguir los diputados necesarios para gobernar en las elecciones legislativas de 11 y el 18 de junio.

Comienzan dos semanas de campaña intensa en la que se chocarán dos visiones opuestas sobre el futuro de Francia, Europa y el mundo. El pulso reproduce el de junio de 2016 en Reino Unido entre los partidarios de continuar en la UE y los partidarios de abandonarla, y el de noviembre del mismo año en EE. UU. entre la candidata demócrata Hillary Clinton y el republicano Donald Trump.

Es la misma fractura que atraviesa las sociedades occidentales en la complicada década posterior a la gran recesión. Según el país, y según el color ideológico de quien formula en análisis, adopta una definición distinta, pero las líneas divisorias son las mismas. Pueblo contra élites; perdedores contra ganadores de la globalización; campo contra ciudades; personas sin y con educación superior; nacionalismo contra internacionalismo; repliegue y apertura; intervencionismo económico y liberalización suave.

Los sondeos elaborados antes de la elección de esta noche pronosticaban, en caso de un enfrentamiento de Le Pen y Macron en la segunda vuelta, una victoria amplia de Macron. Pero la clasificación de ambos puede transformar la dinámica de una campaña en la que hasta ahora participaban once candidatos. Le Pen y Macron deberán esforzarse por ampliar el campo, seducir a votantes de otros candidatos para sumar el 50% de votos más 1 necesarios para convertirse en el próximo presidente de Francia. En los próximos días se espera que Hollande pida el voto por Macron y que los candidatos derrotados se pronuncien y eventualmente se sumen a la campaña de uno de los finalistas.

Le Pen parte de una posición de desventaja. Durante semanas los sondeos pronosticaban que sería la más votada. Si queda segunda, como apuntan las primeras proyecciones, será una pequeña derrota.

El FN, el partido que fundó su padre, Jean-Marie Le Pen, y que ella heredó, ha vivido durante décadas estigmatizado en la vida pública francesa. Está por ver si los esfuerzos por desdiabolizarlo desde que ella asumió las riendas y rompió con su padre darán resultado.

El drama del FN en las elecciones recientes es que, por mucho que sea el partido más votado en elecciones regionales o municipales, en la segunda vuelta el resto de votantes se une contra él y lo elimina. Le ocurrió a la propia Le Pen en su feudo de la región Norte-Paso de Calais cuando en la primera vuelta de las regionales de 2015 sacó un 40% de votos y sin embargo perdió la segunda vuelta. El FN ganó en seis regiones en la primera vuelta de aquellas elecciones, pero no gobierna en ninguna. Pese a contar con el apoyo de un 20% de franceses como mínimo, sólo tienen 2 diputados en la Asamblea Nacional. El sistema de dos vueltas, también en las legislativas, le condena. Y este es su mayor obstáculo ahora: romper el cerrojo del ‘todos contra Le Pen’ en la segunda vuelta de las presidenciales del 7 de mayo.

Un primer paso podría ser suavizar las promesas menos populares de su programa, como la salida de la UE y del euro para regresar al franco francés. La esperanza de Le Pen es seducir a una combinación de votantes del sector más duro de Los Republicanos de Fillon y de votantes de la extrema izquierda que quieran dar un golpe al sistema.

 

Macron, por su posición central en el tablero, lo tiene más fácil para atraer tanto a votantes de la izquierda como de la derecha. Contará con el aval de buena parte del establishmenteconómico y político, y del amplio espectro de votantes que ven al FN como a un partido apestado, de corte casi fascista. Si en 2002, cuando Jean-Marie Le Pen pasó por sorpresa a la segunda vuelta, millones de votantes de izquierda votaron al derechista Jacques Chirac y le dieron la victoria más holgada en la historia de la V República, esta vez podría ocurrir algo similar.

La final Macron-Le Pen supone en todo caso una ruptura en el sistema, un rechazo, cada uno con una óptica distinta, a la clase política que ha regido el país desde hace décadas. Hace un año parecía que en estas elecciones se enfrentarían figuras como el presidente Hollande o su antecesor Nicolas Sarkozy. Finalmente serán las del cambio de guardia en la V República.

Macron, que fue banquero en Rotschild y ministro de Economía con Hollande, es un recién llegado en la escena política, un desconocido hasta hace dos años por el gran público que se ha saltado todas las etapas requeridas para un aspirante presidencial. Su victoria le convertiría en el presidente más joven de la V República. Supondría una renovación generacional, un nuevo estilo. La victoria de un exbanquero europeísta, favorable a la globalización, liberal y apoyado por el establishment de su país obligaría a revisar el relato sobre la ola populista en las sociedades occidentales.

Le Pen, aunque su apellido sea una presencia pública desde los años cincuenta y aunque cuenta con el respaldo de millones de franceses, ha sido excluida de los círculos del poder. Si ganase, el cambio de guardia sería lo menos significativo. Con un presidente favorable a la salida de la UE y del euro, al cierre de las fronteras a la inmigración, Francia, y Europa, entrarían en territorio desconocido.

EL SISTEMA DE GRANDES PARTIDOS, EN CRISIS

Ni socialistas ni conservadores: la crisis de los grandes partidos ha llegado a Francia. Las dos grandes familias políticas que han articulado la Francia de la V República —la izquierda no comunista de la SFIO primero y el PS después, y la coalición del gaullismo y otras expresiones del centroderecha, hoy con el nombre de Los Republicanos— quedaron fuera de la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Es la primera vez que ninguna de estas dos familias logra disputar la presidencia de la República. En dos ocasiones, 1969 y 2002, los socialistas faltaron a la cita. En 1969 su candidato, el alcalde de Marsella Gaston Defferre, sacó poco más de un 5% de votos, por detrás de los candidatos gaullista, centrista y comunista. En 2002, el entonces primer ministro Lionel Jospin quedó fuera de la segunda vuelta, superado por el presidente Jacques Chirac y el candidato del Frente Nacional, Jean-Marie Le Pen. Los conservadores han estado en todas las segundas vueltas, fuese con candidatos gaullistas o del centroderecha como Valéry Giscard D'Estaing en 1974 y 1981. Se abre ahora una crisis profunda, quizá una refundación o una escisión, para el PS de Benoît Hamon, desgarrado por el flanco izquierdo por La Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon, y por la derecho por la empuje del centrista Emmanuel Macron. En Los Republicanos comienza otra batalla en la que desde viejas glorias como el expresidente Nicolas Sarkozy hasta valores emergentes como varios barones regionales reclamarán el derecho a influir. La derrota del PS y Los Republicanos es una victoria del 'dégagisme' (de dégager, largarse), la peculiar versión francesa --radical en el caso de Marine Le Pen, suavizada por la continuidad con el sistema en el de Macron-- del 'que se vayan todos', la voluntad de recambio del personal gobernante.

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